Me gusta mucho la montaña pero está claro que lo que hicimos el año pasado no tiene nada que ver con el senderismo. Íbamos del punto A al punto B y volvíamos, sin más carga que una mochila con agua y la cámara de fotos. Muy bonito y muchas fotos, pero la montaña no es eso. Además, nos hizo un tiempo buenísimo todos los días; vamos, un paseo.
Esta vez había dos grandes diferencias: la primera es que íbamos con una mochila de unos quince kilos --no la pesamos, yo creo que más, pero dejémoslo así-- y además estábamos obligados a llegar a destino en cada travesía, porque de lo contrario nos quedábamos tirados. Como "bonus", tuvimos un tiempo de perros, no podría haber sido peor.
Gracias a todo esto aprendimos a medir el peso que llevamos a las espaldas, la longitud de las travesías y a mirar al cielo antes de salir de viaje. Nuestro bautismo de montaña, como dice Casi. Hicimos el primo, que para eso somos los Primos, y salió bien.
Ahora bien, todo esto nos permitió aprender muchísimas cosas más. La primera es que las personas tenemos un aguante que va más allá de lo imaginable. Mientras estábamos caminando, cansados o no, el cuerpo tiraba si la mente tiraba. Luego nos hicieron falta algunos días de recuperación, que además coincidieron con temperaturas de 35 grados en Vilanova y nos dejaron una semana hechos polvo. Pero, si uno va a la montaña con cuidado y es sensato, no tiene por qué pasar nada, aunque lo tenga todo en contra.
Yo nunca había acampado, ni en montaña ni en cámping ni leches, por lo que era muy reacio a acampar. Por desgracia se nos vino encima la noche, la niebla, y estábamos demasiado cansados para intentar nada, empapados y yo ya no sentía los dedos de las manos. Había que montar la tienda. Tomamos todas las precauciones necesarias: lejos de árboles para que no nos caiga un rayo, pero no muy alejados para no ser el pico de un prado, lejos de corrientes de agua, cerca del GR por si pasaba algo y en la ladera sur, para que nos entrara calor tan pronto saliera el sol. Además guardamos granizo en un cazo por si hacía falta agua por la mañana, cosa que al final no necesitamos.
Cuando el grupo está cansado y hay que tomar una decisión las cosas se ponen feas. Todos estábamos de mala leche y nos pusimos a discutir, nerviosos. Nunca nos había pasado algo así y no sabíamos cómo reaccionar, cómo comportarnos. La montaña es un mundo diferente.
El momento de más riesgo de toda la travesía fue cuando llegamos al cuello del valle de Dorve, a más de dos mil metros, y estaba tronando. Las tormentas en alta montaña son peligrosísimas, especialmente si estás en una cima o vas por la cresta de la montaña, porque tú eres el pararrayos. Por suerte, los relámpagos caían en la lejanía, y no nos tocó ninguno de cerca. Eso sí, mientras estábamos en Dorve esperando que pasara la granizada, cayó uno en el pararrayos de la iglesia, que iluminó toda la plaza donde estábamos y nos puso los pelos de punta. wow. Aprendimos que las tormentas son comunes a primera hora de la tarde, porque es cuando cambia el sol de posición y suele cambiar el tiempo. Planificamos mal ese tramo.
Más puntos a tener en cuenta: con la lluvia, el GR era una rambla de agua. Teníamos que controlar que no empezara a bajar agua rojiza, porque eso significa que está a punto de llegar una riada y hay que echar a correr. Tampoco era sensato meterse en una casa abandonada porque se puede caer por el peso de la lluvia. Y, entre medio de tantas tribulaciones, bajan tres vascos empapadísimos y nos dicen que nos quedan cuatro horas de camino --mentira--. Uno de ellos menciona que "espero que no se haya mojado" y en vez de echar mano a la cartera o el GPS, saca un puro de una tabaquera y se lo fuma. Ole sus huevos.
Me quedo con un puñado de sensaciones e imágenes que la cámara no pudo captar. La granizada y tormenta a la intemperie, debajo de un balcón. Las piedras perfectamente redondas del granizo que duraron hasta la mañana siguiente por el frío que hacía. Dos arco iris al ponerse el sol, con la tormenta a lo lejos. Caminar por la cresta de una montaña y notar las corrientes de aire, que luchan por ascender. Ver cómo tienes a tu derecha una nube de niebla que se acerca a toda velocidad por la ladera, y en diez segundos ya te ha engullido; notar la humedad y el frío de la niebla, y al poco rato se va. Estar en la cima del mundo, por encima de las nubes, con un mal tiempo de narices a tu alrededor pero buen tiempo en altitud, y poder ver Els Encantats.
Un bosque de pinos y abetos tan tupido que prácticamente no se veía el camino, pero que cuando aclaraba, dejaba ver una estampa preciosa. Hacer cima por accidente en el Caubó y no poder celebrarlo. Llevar media hora perdido y encontrar un hito del GR en una piedra. Subir por el coll de Folgueruix cogidos a los cables y atravesando barrancos, sin mirar abajo por si acaso.
Una habitación llena de franceses borrachos, y una tía que le toca la zambomba al novio con sus padres al lado. Dormir en el suelo con piedras que se clavan, apretujados para no pasar frío, apestando a gorila. Estar en una zona donde la única vida en diez kilómetros a la redonda son unos saltamontes pequeñitos, que murieron durante la noche por el frío, excepto uno que se coló en la tienda.
Mirar alrededor, y no hay nadie. Sólo valles, y montañas, y ríos, y más montañas, y la niebla, y los dos arco iris, y una tormenta a lo lejos, y precipicios a lado y lado. Ojalá la próxima vez no estemos con los nervios a flor de piel y hagamos unas fotos como dios manda. Las de este año están aquí.